El día que salí corriendo de la oficina del cirujano plástico

No hay refrán más cierto que ese que dice que “El que busca encuentra” o “No busques lo que no se te ha perdido”.

Cuando tenía 15 años, acudí al ortodoncista para corregir mis andanas —que, en honor a la  verdad, lucían espantosas. Tan ilusa yo al pensar que sólo se trataba de un pequeño problema cosmético que sería resuelto con los braces y las famosas gomitas de colores que me cambiaba mensualmente dependiendo de la época. Sí, yo era de las que en San Valentín me las ponía rojas; en Pascuas, de algún color pastel; en Halloween, negras y anaranjadas y así por el estilo. No me juzguen, errores de juventud. El tema de pasar juicio sobre mis diferentes estilos a partir de la adolescencia, podemos dejarlo para otro momento. Créanme que hay muuuuucha tela para cortar.

Resulta que mi doctor me enfrentó a un espejo ovalado bastante grande que, dicho sea de paso, también resaltaba mi “lindo cutis” que en ese momento tenía los usuales brotes de acné típicos de la edad. Muy amablemente, me explicó que mi rostro no contaba con la simetría adecuada y que él buscaba en mí el rostro de la década de los 90. Por favor, ahora no se pongan a sacar cuenta de mi edad. Fue entonces, cuando me sugirió realizarme un implante de mentón y eliminarme el frenillo labial superior, ya que cuando me río, muestro mucha encía. A los 15 años, cuando eres un saco de complejos, que te digan semejante cosa no es agradable, pero afortunadamente tengo una  autoestima saludable, así que no fue motivo para mayores traumas.

(vía GIPHY)
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Pero, seamos realistas, a través de los años ese mentón hundido me ha dado vueltas y vueltas en la cabeza, tanto así que hasta aprendí a fotografiarme para disimularlo. Barbilla hacia al frente, cabeza ligeramente inclinada, lengua al paladar y por nada del mundo permitir una foto desde abajo, siempre desde arriba, muy arriba, si se puede desde un segundo piso, mucho mejor. Es por ello que muchos aseguran que son changuerías. No señores, no son changuerías. Simplemente, trabajando en una revista de moda y belleza, lo mínimo que puedes aprender son los trucos para lucir bien en una fotografía.

A pocos años de convertirme en una “Señora de las Cuatro Décadas”, decidí agarrar al toro por los cuernos y finalmente hacer la cita con un cirujano plástico para hacerme la condenada evaluación.

El cirujano me observó con detenimiento, sacó el espejito ovalado —que al parecer es muy común entre los médicos— y me reconfirmó que, en efecto, un aumento de mentón me vendría como anillo al dedo.

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Pero, la cosa no terminó ahí, aún quedaba más. Me sugirió: “unos cambios sutiles con los cuales vas a quedar bella”. Incluían:

  1. el implante de mentón,
  2. injertos de grasa en los pómulos,
  3. reducción de grasa bucal
  4. …y un mini facelift

… para un gran total que sobrepasaba los módicos $10 mil.

Un mini quéééééé???? Confieso que el término facelift me dejó un tanto desajustada. ¿No se supone que eso era para las personas mayores de 50? ¿Será que ya se me están cayendo los pellejos? Y yo que me jactaba de verme tan jovencita.

Pues según el doctor no, no había por qué esperar y entre más pronto, mejor, porque “te ves cansada”.

¿Hasta dónde debemos llegar en nuestro afán de lucir bellas? ¿Cuándo es momento de parar?

¿En seriooooo, pagué una cita de evaluación para que me digan que me veo cansada? Eso ya lo sé: tengo una bebé de un año que rinde por 10; lógicamente me voy a ver cansada.

Muy amablemente, el cirujano me mostró ejemplos de personas que se habían realizado las intervenciones y la realidad es que se veían espectaculares (tanto, que me hicieron considerar la idea). Sin embargo, no podía evitar que a mi mente asaltara la imagen de Joan Rivers momificada o del programa Botched, en el cual sus participantes pueden llegar con la nariz como tercer ojo o peor aún, Bruce Jenner, antes que convertirse en Caitlyn, que bastante terrorífico que lucía.  

(vía GIPHY)
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Otra cosa que pululaba en mi cabeza. ¿Qué tal y que cambie el concepto de la belleza y en unos años esté de moda mentón retraído y los ojos tristes (como es mi caso)? Total, hace aproximadamente 50 años, las gordas de Botero eran el referente de la belleza. Entonces, ¿qué hago? ¿Regreso al quirófano para que me quiten los rellenos, me descosan el mini facelift y me devuelvan la grasa bucal?

Afortunadamente, fui con ropa bastante tapada porque si seguía bajando por el cuello, la cuenta podía ascender a par de miles más. Aumento de tetas y pompis, reducción de panza, lijada de caderas… Nada, “cambios sutiles”, como él mismo aseguró.

Luego de la risa inicial al darme cuenta de que probablemente tenía que echarme al zafacón y volver a nacer, no pude evitar cuestionarme: ¿Hasta dónde debemos llegar en nuestro afán de lucir bellas? ¿Cuándo es momento de parar? Por un lado, sabemos que debemos amarnos con nuestros defectos y virtudes, pero por el otro, diariamente somos bombardeados con el ideal de belleza al que debemos aspirar.

El caso es que la cirugía de aumento de mentón sigue estando en mi bucket list. Sin embargo, por el momento, la única cirugía que verá esta servidora será otro tajito en mi barriga, ya que estoy en espera de mi segundo bebé.

¿Y tú qué has querido operar?